sábado, 6 de marzo de 2010

Hugo Schmeisser en Izhevsk

Entre 1946 y 1952 los habitantes de la provinciana ciudad de Izhevsk convivieron con un grupo de especialistas alemanes que llegaron allí con sus familias. El más ilustre de aquel grupo era el famoso diseñador de armas Hugo Schmeisser. Ni la época, ni la ciudad, ni el origen de aquellos visitantes eran casuales.
En aquella época, se podían encontrar en las ciudades de la Unión Soviética muchos alemanes que trabajaban en la reconstrucción del país, destrozado por la guerra. No eran, como puede suponerse, trabajadores voluntarios. Se trataba bien de prisioneros de guerra, bien de especialistas y técnicos traídos de Alemania desde las zonas de ocupación soviética. Unos y otros pudieron regresar a sus casas sólo en los años 50.
La ciudad a la que tuvo que encaminarse el grupo de Schmeisser, Izhevsk, era uno de los mayores centros de la industria armamentística soviética. La ciudad, casi desde sus orígenes, estaba especializada en la fabricación de armas y a ella, un año más tarde, llegaría para empezar a fabricar su mítico AK-47, el archiconocido diseñador de armas soviético Mijail Kalashnikov. Nada dice este último en sus memorias sobre Schmeisser, pero no cabe duda de que se conocieron y de que los conocimientos e investigaciones del alemán serían del máximo interés para los diseñadores de la URSS. No en vano Schmeisser había sido el creador, en 1944, del que se considera primer fusil de asalto de la historia, el Sturmgewehr 44.
La historia de cómo transcurrieron esos años de exilio y trabajo forzoso más allá de los Urales se ha perdido, envuelta seguramente en los secretos de la industria militar soviética. Quizá aparezca alguna vez como dicen que encuentran cartas y objetos de los soldados alemanes los actuales propietarios de los pisos de los rascacielos estalinistas de Moscú cuando hacen alguna obra...

domingo, 8 de noviembre de 2009

El Cumpleaños de Speransky

Cuentan que una vez al año, en el día de su cumpleaños, el influyente ministro de la época de Alejandro I, Speransky, se ponía una ropa vieja y raída y dormía sobre una tabla de madera, con la única comodidad de un sucio almohadón. Cuando le preguntaban el porqué de tal comportamiento, él contestaba que ahora estaba en un buen momento, en la cumbre de su carrera y en lo más alto del poder, pero que nunca había que olvidar de dónde venía... y donde se podía volver a caer en cualquier momento.
Y es que, de verdad, la vida de Mijail Speransky (1772-1839) estuvo llena de altibajos y sin duda podía dar lecciones sobre los vaivenes de la fortuna. De orígenes humildes pero dotado de una gran inteligencia, rápidamente destacó entre los estudiantes del seminario de Vladimir. Fue recomendado para servir como secretario de un personaje de cierta importancia en la corte de los zares y, desde entonces, su ascenso fue fulgurante. En poco menos de cuatro años, había pasado a convertirse en uno de los personajes más influyentes en los inicios del reinado de Alejandro. Entre 1801 y 1811 su estrella brilló con fuerza, convirtiéndose en el inspirador de las medidas liberales del joven Zar.
Con la guerra con los franceses, las veleidades liberales de Alejandro se enfriaron rápidamente y Speransky se convirtió en el blanco de todos aquellos que deseaban a toda costa el mantenimiento del Antiguo Régimen. En 1812, caído en desgracia, fue confinado en su propiedad en la región de Novgorod. Sólo volvió bastantes años más tarde, llegando a convertirse en el gobernador de toda Siberia, introduciendo reformas que fueron determinantes en esa región durante todo el siglo XIX. Su estrella, poco a poco volvió a brillar después de la caída y se convirtió de nuevo en uno de los consejeros principales de Nicolás I, llegando a ser el preceptor del futuro Alejandro II.
Ha pasado el tiempo y Speransky parece un personaje llamado a perderse en el olvido en el ovillo de la historia, a pesar de la importancia que tuvo en su momento y el carácter simbólico de su figura, por ser el autor del primer intento de dotar a Rusia de una Constitución. Quede, sin embargo, su vida como ejemplo de lo voluble de la fortuna. Y quede su día de penitencia anual como un modo inteligente de recordarnos a nosotros mismos hasta qué punto es frágil nuestra fortuna presente.

sábado, 24 de octubre de 2009

Zashtsheeshtshayoushtsheekhsya

Resulta curioso observar cómo, con el paso de los años y los siglos, algunas cosas parecen ofrecer una gran resistencia al cambio. Así, la primera impresión del extranjero que llega a Rusia es probablemente la misma que la experimentada por los viajeros de hace siglo y medio. La misma perplejidad por un idioma por completo desconocido y los caracteres cirílicos; el mismo paisaje, que se espera distinto y sorprendente y, sin embargo, resulta monótono y aburrido; la misma impresión de las iglesias rusas...
Todos estos elementos los podemos encontrar en la descripción que hace de sus primeras horas en Rusia Charles Lutwidge Dodgson, más conocido por el seudónimo por él usado para publicar su famoso libro sobre Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll, que visitó el país en 1867.
"El otro caballero era inglés; había vivido en Petersburgo quince años (...). Fue muy amable al responder a nuestras preguntas y nos dio numerosas explicaciones e indicaciones para ver Petersburgo, pronunciar el idioma, etc., pero nos describió unas perspectivas más bien funestas respecto a lo que nos aguardaba, pues, según dijo, muy pocas personas hablaban allí ningún otro idioma más que el ruso. Como ejemplo de las palabras extraordinariamente largas que contiene ese idioma, deletreó para mí la siguiente: защищающихся que escrita en letras inglesas es zashtsheeshtshayoushtsheekhsya. Esta alarmante palabra es el genitivo plural de un participio que significa "de personas que se defienden a sí mismas". (...)
Todo el país, desde la frontera rusa hasta Petersburgo, era absolutamente llano y falto de interés, salvo la ocasional aparición de algún campesino (...) y, de vez en cuando, una iglesia de cúpula circular y cuatro pequeñas cúpulas a su alrededor; los tejados pintados de verde y todo el conjunto semejando (como dijo nuestro amigo) unas vinajeras."
Estas y otras interesantes observaciones se pueden encontrar en el Diario de viaje escrito por Lewis Carroll y que ha publicado este año la casa editorial Nocturna. Sin desperdicio, por ejemplo, la escena del regateo para coger un taxi, que no parece haber cambiado tampoco en 150 años y que con cariño seguramente recuerda todo aquel que ha pisado tierra rusa...

martes, 13 de octubre de 2009

Anatoli Bukreev en el Everest

En el año 1996 cada vez eran más las personas que pese a no haberse asomado nunca antes a una gran cumbre lograban ascender la montaña más alta del planeta. Aunque la situación era en cierto modo paradójica no encerraba especial misterio. Todo lo necesario era contar con una buena condición física y los suficientes dólares como para comprar los servicios de un guía experto. No hace falta decir que fueron muchos los que vieron en esta combinación de dinero y ambición de aventura un buen negocio. Y no tardaron en aparecer empresas que, a cambio de una retribución nada desdeñable, ofrecían el asesoramiento y toda la infraestructura necesaria para convertir la ascensión al Everest en una plácida excursión campestre. Al menos eso es lo que parecía darse a entender en los anuncios publicitarios con los que se promocionaban. En ese ambiente a alguien le debió parecer buena idea inscribir a Jon Krakauer, un periodista que años atrás había sido un aceptable escalador, en una de esas expediciones comerciales al Himalaya, con el encargo de que a su regreso escribiera un artículo relatando su experiencia.

Y si el propósito de Krakauer era escribir un artículo desde luego tuvo suerte. Se encontró inmerso en una de las mayores tragedias en la historia de las ascensiones al Everest. Cinco personas murieron y otra quedó gravemente herida. De hecho, ante la magnitud del drama Jon Krakauer no tuvo suficiente con el artículo que inicialmente se le había encargado y al parecer se vio en la necesidad de escribir un libro, Mal de altura, que según explicaría más tarde estaba concebido como una especie de ejercicio terapéutico a través del cual pretendía aliviar su pesaroso ánimo tras los dramáticos acontecimientos en los que tan directamente se había visto involucrado. El oportunismo con el que se publicó el libro y su éxito de ventas invitarían a pensar que también se trataba de sanear la economía de su autor, porque el libro no pudo aparecer en mejor momento si el objetivo era despachar ejemplares y hacer caja.

En Mal de altura aparecen un variopinto número de personajes reales, a los que Krakauer, en su condición de narrador, discrecionalmente asigna un papel en la tragedia. En ese desigual reparto Anatoli Bukreev no tuvo excesiva suerte. Por momentos se le presenta como el principal responsable del rosario de desagracias que ese día se desencadenaron. Sin embargo, Bukreev no había organizado ninguna expedición ni desde luego había animado a nadie a participar en una empresa para la que probablemente no estaba capacitado. Pero es que además sin su intervención la relación de muertes hubiera sido mucho mayor.

Nacido en Rusia, Bukreev sufrió la falta de recursos económicos que deparó el colapso del sistema soviético, y el trabajo de guía era una forma de financiar su pasión por las montañas. A pesar de todo, y aunque en varias ocasiones tuvo que vender después de una expedición su precario equipo alpino para poder regresar a su país, en los años noventa, con una decena de ascensiones consecutivas a los más altas montañas del planeta, Bukreev estaba considerado uno de los mejores himalayistas del momento.

Su prestigio como montañero y sus portentosas condiciones físicas hicieron que fuera contratado para servir de guía en una expedición organizada por una agencia americana dedicada al turismo de aventura que no podía permitirse un fracaso ante sus clientes. Para asegurar el éxito de la empresa Bukreev hizo todo lo posible. Si Krakauer fue capaz de hacer cumbre en el Everest fue, en gran parte, gracias al trabajo de Bukreev, que se dedicó a equipar la ruta y a guiarle en el ascenso.

Sin embargo, Krakauer en su libro parece hacer descansar en Bukreev todo el peso de la tragedia. Entre otras cosas le reprocha el haber ascendido sin oxigeno suplementario y no haber esperado a los expedicionarios rezagados, cuando en verdad el oxigeno, que Krakauer consumía con la misma ansiedad que un drogadicto se inyecta heroína, era escaso, y el resto de los expedicionarios estaban escoltados por otros cuantos guías que también estaban encargados de su cuidado.

Bukreev permaneció en la cumbre del Everest una hora y luego emprendió el descenso, donde se encontró con el responsable de su expedición, Scott Fischer, quien aprobó su decisión de alcanzar el campamento de altura. En esos momentos ya se podían observar una masa inquietante de nubes que provenía de las montañas vecinas. Pocas horas después se había desencadenado una espantosa tormenta. En medio del temporal Bukreev salió en búsqueda de los montañeros perdidos. Nadie quiso acompañarle; pero tres de ellos nunca hubieran regresado sin su ayuda. Y al día siguiente, en un gesto de lealtad, volvió a por Scott Fischer, que para entonces yacía muerto a más de ocho mil metros de altitud.

Mientras Bukreev se jugaba su vida para salvar la de otros, Krakauer descansaba en su tienda. Por eso se hacen aún más incomprensibles sus invectivas. Desde luego, la personalidad del alpinista ruso y la del periodista americano no resultaban especialmente afines. A Bukreev le gustaba decir que para él las montañas no eran estadios donde satisfacer su ambición de éxitos deportivos, sino catedrales donde practicar su religión. Y seguramente la presencia de Krakauer ese día en la cima del Everest no era otra cosa que una profanación.

Mal de Altura. Jon Krakauer. Ed. Desnivel.
Everest 1996. Anatoli Bukreev y G. Weston De Walt. Ed. Desnivel
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domingo, 27 de septiembre de 2009

Popsá

Popsá es el nombre despectivo que recibe en Rusia un cierto estilo de música popular, surgido en los últimos años de la Unión Soviética y que aún hoy goza de gran popularidad. Los pioneros del género fueron grupos como Laskovy May y solistas como Zhenia Belausov, que establecieron sus características principales: cantantes guapos (y glamurosos, para los estándares de la época), unas melodías y una instrumentación fáciles, unos ritmos bailables y (supuestamente) occidentales y unas letras escapistas, de amores y desamores de eterna adolescencia... Desde finales de los noventa, el testigo fue retomado por grupos como Ruki Vverj o Ivanushki International.
Quizá el mejor modo de entender lo que había detrás del popsá es ver la parodia del dibujante Oleg Kubaev, cuando hace aparecer a su más famoso peronajes, la inefable Masianya, en la grabación de un vídeoclip de este estilo.